El espía que amó a mi madre, Yuliana

Rayograph (El beso) – Man Ray, 1922

Esto es lo que me contó mi madre, Yuliana. Creo que lo escribo ahora para explicármelo a mí misma y comprenderlo mejor porque, a veces, es necesaria experiencia para entender ciertas cosas. Esto me ha pasado en varias ocasiones, mi memoria retiene los hechos, o los datos, pero, sólo después de mucho tiempo, puedo evaluarlos en su justa dimensión. Creo que nunca podré darlo a conocer, pero albergo la secreta esperanza de que algún día, entre los escombros de una extinta Urimb, alguien, como ocurrió con el diario de la niña Frank ochenta años antes de Urimb (A. de U.) pueda encontrarlo, y leer. Mucha esperanza es esa, y muy secreta. Estando como estamos en el año setenta después de Urimb (D. de U.), consolidados no sólo los cimientos, sino perfeccionados los fundamentos que desarrollaron -basándose en el estudio de la historia política y en los escritos de reputados filósofos y eruditos de los siglos XIX y XX- los mejores talentos, reclutados en las más prestigiosas universidades de principios del siglo XXI, es altamente improbable, salvo catástrofe, que Urimb devenga escombros con escondrijos que oculten joyas literarias prohibidas.

Yo, al igual que mi madre, soy un objetivo sujeto a especial vigilancia (O.S.A.E.V.) o, en jerga urimbitana, osa, masculino ose, plural oses. En Urimb esta condición puede ser heredada, como es mi caso, porque si conocen una estrecha relación con uno de los primitivos oses, generalmente ascendientes, tienen que observar las posibles influencias, las cuales podrían ser muy maléficas para los inocentes urimbitanos. Actualmente todo el mundo sabe lo que es una osa, pero en tiempos de mamá pocos conocían la existencia de los O.S.A.E.V. y, cuando intentaba explicarlo, con frecuencia la mandaban al psiquiatra. Afortunadamente, y como contrapartida, entonces todavía una osa podía decidir si seguir o no esa sugerencia. Otra diferencia es que ahora prácticamente no existen los O.S.A.E.V. hereditarios, ya que, incluso tratándose de una hija, ésta sería apartada de la osa para no sufrir la perniciosa influencia, eso en el caso insólito de que –ahora- una osa sea madre, porque, en este tiempo, para la maternidad, una osa no tiene más que impedimentos.

Mi madre se convirtió en osa muy poco después de mi nacimiento y, entonces, todavía no eran separadas de sus hijas.

A los oses, desde el año cincuenta (D. de U.) no se les permite tener pareja. A cambio, si observan buen comportamiento durante la semana, les proporcionan una sesión de masaje terapéutico sexual, para prevenir ataques de agresividad u otras alteraciones del comportamiento. Pero sobre todo lo hacen porque es bueno para los propósitos de seguridad de Urimb.

Para un seguimiento absoluto, los oses debemos vivir en departamentos up and down, siendo ocupada la parte de arriba para las labores de vigilancia. Ahora, los ups cambian semanalmente, como consecuencia de la historia vivida por mi madre a quien, a partir de ahora, me referiré únicamente como Yuliana, ya que ella fue muchas cosas, además de mi madre.

A Yuliana le gustaba reflexionar sobre cualquier cosa. Veo en sus apuntes, por ejemplo:

«…Hay una cualidad y una situación que no gozan de muy buena prensa. La cualidad es el perfeccionismo; la situación es la rutina. De los perfeccionistas, a menudo, se dice que son maniáticos, o neuróticos; incluso el diccionario dice que es una “tendencia a mejorar indefinidamente un trabajo sin decidirse a considerarlo acabado”, no contempla el diccionario la alternativa de juzgarlo acabado al fin. Sin embargo, a nadie le gustan las chapuzas. Un término medio, dirán los comedidos. Pero una instalación eléctrica en su casa en un término medio podría provocar un cortocircuito. No, una instalación eléctrica debe ser perfecta. Valdrían otros ejemplos, sólo que yo ahora tengo una fijación con la electricidad.

La situación desacreditada es la rutina, a la que a menudo se le adjudican sinónimos como aburrimiento, vicio, repetición, automatismo. Pero la rutina es creativa, y permite perfeccionar la creación. Claro que no podríamos aplicarlo a la rutina de una cadena de montaje; o sí, siempre que después se dispusiese del tiempo suficiente para que, mediante el análisis, el talento, aquello pudiera convertirse en algún tipo de arte. Hace falta, pues, tiempo, igual que lo necesita el perfeccionista.

Yo ahora tengo mucho tiempo para mis rutinas y mi perfeccionismo. Después de esos accidentes que nadie ha sabido justificar, debo estar recluida, para recuperarme y para evitar nuevos accidentes inexplicables.

Me pregunto, rutinariamente, día tras día, tratando de perfeccionar este pensamiento rutinario, qué es lo que están vigilando continuamente, veinticuatro horas al día, supuestamente desde  la parte up del departamento; digo supuestamente porque no dejan de perfeccionar –la perfección sí les gusta para ellos- sus procedimientos. Cada una de mis horas, minutos, segundos.

Todos los aspectos son examinados exhaustivamente. Se levanta, desayuna, consulta el parte en las televisiones, se ducha, ordena el down, escucha música, cocina, escribe, recicla un mueble, ve una película, busca en el ordenador, friega los cacharros, llora porque le ha dolido la última descarga dolorosa, come, defeca, intenta dormir, se hace las curas necesarias tras los accidentes. Sus correos, qué dice, qué música escucha, qué cadena sintoniza, qué programa ve, sus conversaciones telefónicas, qué páginas visita, qué escribe en el ordenador… Sí, porque incluso ahí está el dispositivo vigilante que registra cada palabra que teclea, su vida entera. Es lo que antes se conocía como Dios.

¿Qué vigiláis las veinticuatro horas?

Hoy lo he sabido. Hoy –ante mi insistencia- ha surgido la respuesta.

No les interesa la rutina, los cien actos nobles que pueda consumar a lo largo del día. Ternura, sensibilidad, rebeldía, reproche, resistencia, lucha. Buscan el momento de error, debilidad, aquiescencia, cansancio… Como la garrapata que espera años el momento propicio para saltar sobre su presa. Nuestro reino por un instante de desaliento. Nosotros lo elevaremos a la categoría de atributo. Esa será la esencia, el minuto de infierno. No queremos sus horas de gloria, que la justifiquen y honren. Somos enemigos profesionales. Convertiremos su minuto de vileza en su definición, su naturaleza. Convertiremos ese minuto en sus veinticuatro horas. Tenemos que amortizarlas. El rebelde añadirá a su castigo el arrepentimiento por su minuto de pecado, convirtiéndose en cómplice de sus propios torturadores, a quienes refrendará en su culpa invisible, inmolándose…»

Al principio había tres guardianes que se turnaban a lo largo del día, pero Yuliana, de manera un tanto novelesca, imaginaba a un solo vigilador, fundido con los muros del departamento, como un topo en su madriguera, entregado a su causa. Tal vez, en algún momento se produzca en él una debilidad, una señal de afecto, una forma de comunicación con el invisible, con el altísimo. Yuliana se rebelaba, le insultaba. Pero poco después empezó a notar que, sobre todo tras de la hora de la cena, las descargas empleadas como castigo sistemático por ser un ose eran más débiles, casi parecían caricias

Después, cuando Yuliana dormía, cada vez con más frecuencia era despertada con energías que le rodeaban el cuerpo. La primera vez, esa fuerza empezó en el hombro izquierdo y, bajando en diagonal por su espalda, como un abrazo transversal, terminó en su cadera derecha. Sintiendo esto despertó en una vibrante explosión. Durante un tiempo el espía y Yuliana se amaron, pero acabaron siendo descubiertos, y rápidamente las autoridades se apresuraron a poner fin al idilio.

Esto fue considerado un gran error por los mandos, los cuales, en aquel tiempo, provocaban, con sus disposiciones, algunos dislates, silenciados con diligencia, tapando los fallos provocados, más por inexperiencia que por falta de medios. Eran los rudimentos del imperio Urimb y debían proceder con cautela, porque aún no estaban afianzadas del todo las estructuras. Pero estos ensayos con personas como Yuliana les ayudaban a rectificar y refinar sus procedimientos.

Ahora han pulido muchas cosas. A los oses, a veces, les parece estar contemplando un desfile de robots compitiendo para ver cuál de ellos es más desalmado. Nunca más será posible una historia de amor de un ose con su guardián. Eso se consideró una derrota de su eficacia, y ellos tienen que ganar siempre. No cada batalla, sino cada diseño de batalla, cada planteamiento, cada célula. Cada uno de nuestros más humildes soldados debe sentirse ganador, arrogante, superior.

Pero en esa ocasión fueron vencidos. Por eso quiero que este relato sea también un homenaje al espía invisible que la amó.

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