El espía que amó a mi madre, Yuliana

Rayograph (El beso) – Man Ray, 1922

Esto es lo que me contó mi madre, Yuliana. Creo que lo escribo ahora para explicármelo a mí misma y comprenderlo mejor porque, a veces, es necesaria experiencia para entender ciertas cosas. Esto me ha pasado en varias ocasiones, mi memoria retiene los hechos, o los datos, pero, sólo después de mucho tiempo, puedo evaluarlos en su justa dimensión. Creo que nunca podré darlo a conocer, pero albergo la secreta esperanza de que algún día, entre los escombros de una extinta Urimb, alguien, como ocurrió con el diario de la niña Frank ochenta años antes de Urimb (A. de U.) pueda encontrarlo, y leer. Mucha esperanza es esa, y muy secreta. Estando como estamos en el año setenta después de Urimb (D. de U.), consolidados no sólo los cimientos, sino perfeccionados los fundamentos que desarrollaron -basándose en el estudio de la historia política y en los escritos de reputados filósofos y eruditos de los siglos XIX y XX- los mejores talentos, reclutados en las más prestigiosas universidades de principios del siglo XXI, es altamente improbable, salvo catástrofe, que Urimb devenga escombros con escondrijos que oculten joyas literarias prohibidas.

Yo, al igual que mi madre, soy un objetivo sujeto a especial vigilancia (O.S.A.E.V.) o, en jerga urimbitana, osa, masculino ose, plural oses. En Urimb esta condición puede ser heredada, como es mi caso, porque si conocen una estrecha relación con uno de los primitivos oses, generalmente ascendientes, tienen que observar las posibles influencias, las cuales podrían ser muy maléficas para los inocentes urimbitanos. Actualmente todo el mundo sabe lo que es una osa, pero en tiempos de mamá pocos conocían la existencia de los O.S.A.E.V. y, cuando intentaba explicarlo, con frecuencia la mandaban al psiquiatra. Afortunadamente, y como contrapartida, entonces todavía una osa podía decidir si seguir o no esa sugerencia. Otra diferencia es que ahora prácticamente no existen los O.S.A.E.V. hereditarios, ya que, incluso tratándose de una hija, ésta sería apartada de la osa para no sufrir la perniciosa influencia, eso en el caso insólito de que –ahora- una osa sea madre, porque, en este tiempo, para la maternidad, una osa no tiene más que impedimentos.

Mi madre se convirtió en osa muy poco después de mi nacimiento y, entonces, todavía no eran separadas de sus hijas.

A los oses, desde el año cincuenta (D. de U.) no se les permite tener pareja. A cambio, si observan buen comportamiento durante la semana, les proporcionan una sesión de masaje terapéutico sexual, para prevenir ataques de agresividad u otras alteraciones del comportamiento. Pero sobre todo lo hacen porque es bueno para los propósitos de seguridad de Urimb.

Para un seguimiento absoluto, los oses debemos vivir en departamentos up and down, siendo ocupada la parte de arriba para las labores de vigilancia. Ahora, los ups cambian semanalmente, como consecuencia de la historia vivida por mi madre a quien, a partir de ahora, me referiré únicamente como Yuliana, ya que ella fue muchas cosas, además de mi madre.

A Yuliana le gustaba reflexionar sobre cualquier cosa. Veo en sus apuntes, por ejemplo:

«…Hay una cualidad y una situación que no gozan de muy buena prensa. La cualidad es el perfeccionismo; la situación es la rutina. De los perfeccionistas, a menudo, se dice que son maniáticos, o neuróticos; incluso el diccionario dice que es una “tendencia a mejorar indefinidamente un trabajo sin decidirse a considerarlo acabado”, no contempla el diccionario la alternativa de juzgarlo acabado al fin. Sin embargo, a nadie le gustan las chapuzas. Un término medio, dirán los comedidos. Pero una instalación eléctrica en su casa en un término medio podría provocar un cortocircuito. No, una instalación eléctrica debe ser perfecta. Valdrían otros ejemplos, sólo que yo ahora tengo una fijación con la electricidad.

La situación desacreditada es la rutina, a la que a menudo se le adjudican sinónimos como aburrimiento, vicio, repetición, automatismo. Pero la rutina es creativa, y permite perfeccionar la creación. Claro que no podríamos aplicarlo a la rutina de una cadena de montaje; o sí, siempre que después se dispusiese del tiempo suficiente para que, mediante el análisis, el talento, aquello pudiera convertirse en algún tipo de arte. Hace falta, pues, tiempo, igual que lo necesita el perfeccionista.

Yo ahora tengo mucho tiempo para mis rutinas y mi perfeccionismo. Después de esos accidentes que nadie ha sabido justificar, debo estar recluida, para recuperarme y para evitar nuevos accidentes inexplicables.

Me pregunto, rutinariamente, día tras día, tratando de perfeccionar este pensamiento rutinario, qué es lo que están vigilando continuamente, veinticuatro horas al día, supuestamente desde  la parte up del departamento; digo supuestamente porque no dejan de perfeccionar –la perfección sí les gusta para ellos- sus procedimientos. Cada una de mis horas, minutos, segundos.

Todos los aspectos son examinados exhaustivamente. Se levanta, desayuna, consulta el parte en las televisiones, se ducha, ordena el down, escucha música, cocina, escribe, recicla un mueble, ve una película, busca en el ordenador, friega los cacharros, llora porque le ha dolido la última descarga dolorosa, come, defeca, intenta dormir, se hace las curas necesarias tras los accidentes. Sus correos, qué dice, qué música escucha, qué cadena sintoniza, qué programa ve, sus conversaciones telefónicas, qué páginas visita, qué escribe en el ordenador… Sí, porque incluso ahí está el dispositivo vigilante que registra cada palabra que teclea, su vida entera. Es lo que antes se conocía como Dios.

¿Qué vigiláis las veinticuatro horas?

Hoy lo he sabido. Hoy –ante mi insistencia- ha surgido la respuesta.

No les interesa la rutina, los cien actos nobles que pueda consumar a lo largo del día. Ternura, sensibilidad, rebeldía, reproche, resistencia, lucha. Buscan el momento de error, debilidad, aquiescencia, cansancio… Como la garrapata que espera años el momento propicio para saltar sobre su presa. Nuestro reino por un instante de desaliento. Nosotros lo elevaremos a la categoría de atributo. Esa será la esencia, el minuto de infierno. No queremos sus horas de gloria, que la justifiquen y honren. Somos enemigos profesionales. Convertiremos su minuto de vileza en su definición, su naturaleza. Convertiremos ese minuto en sus veinticuatro horas. Tenemos que amortizarlas. El rebelde añadirá a su castigo el arrepentimiento por su minuto de pecado, convirtiéndose en cómplice de sus propios torturadores, a quienes refrendará en su culpa invisible, inmolándose…»

Al principio había tres guardianes que se turnaban a lo largo del día, pero Yuliana, de manera un tanto novelesca, imaginaba a un solo vigilador, fundido con los muros del departamento, como un topo en su madriguera, entregado a su causa. Tal vez, en algún momento se produzca en él una debilidad, una señal de afecto, una forma de comunicación con el invisible, con el altísimo. Yuliana se rebelaba, le insultaba. Pero poco después empezó a notar que, sobre todo tras de la hora de la cena, las descargas empleadas como castigo sistemático por ser un ose eran más débiles, casi parecían caricias

Después, cuando Yuliana dormía, cada vez con más frecuencia era despertada con energías que le rodeaban el cuerpo. La primera vez, esa fuerza empezó en el hombro izquierdo y, bajando en diagonal por su espalda, como un abrazo transversal, terminó en su cadera derecha. Sintiendo esto despertó en una vibrante explosión. Durante un tiempo el espía y Yuliana se amaron, pero acabaron siendo descubiertos, y rápidamente las autoridades se apresuraron a poner fin al idilio.

Esto fue considerado un gran error por los mandos, los cuales, en aquel tiempo, provocaban, con sus disposiciones, algunos dislates, silenciados con diligencia, tapando los fallos provocados, más por inexperiencia que por falta de medios. Eran los rudimentos del imperio Urimb y debían proceder con cautela, porque aún no estaban afianzadas del todo las estructuras. Pero estos ensayos con personas como Yuliana les ayudaban a rectificar y refinar sus procedimientos.

Ahora han pulido muchas cosas. A los oses, a veces, les parece estar contemplando un desfile de robots compitiendo para ver cuál de ellos es más desalmado. Nunca más será posible una historia de amor de un ose con su guardián. Eso se consideró una derrota de su eficacia, y ellos tienen que ganar siempre. No cada batalla, sino cada diseño de batalla, cada planteamiento, cada célula. Cada uno de nuestros más humildes soldados debe sentirse ganador, arrogante, superior.

Pero en esa ocasión fueron vencidos. Por eso quiero que este relato sea también un homenaje al espía invisible que la amó.

Vida de hospital. El mundo invisible (URIMB)

La máquina tiene privilegios. Victor Brauner, 1964

La machine à privilèges. Victor Brauner, 1964

La política, ahora, se llama dinero; el surrealismo, ahora, se llama Tecnología.

 (KolordeCítara)

Muchas cosas, para mucha gente, son invisibles

(KolordeCítara)

Conociendo a Montana

I Rompehuesos invisible

Mi vida en el hospital está marcada por la invisibilidad. Tengo amigos invisibles, visitantes invisibles, enemigos invisibles. Los médicos son también casi invisibles. Sólo revierten esta condición en las grandes ocasiones, cuando tienen los resultados de todas las pruebas y van a informar al paciente; o cuando van a darle el alta. Son los príncipes del hospital. Podrían ser los reyes, pero ese estatus está reservado a los grandes invisibles. La invisibilidad es algo muy conveniente para los reyes o emperadores, o sus equivalentes actuales, que son, justamente, los grandes invisibles. Dios, el más listo de todos los invisibles que en el mundo han sido, nunca se ha dejado ver. Esa es la mejor forma de dejar contento a todo el mundo, ya que así cada uno se imagina al más grande como más le gusta. Ese halo de misterio le sienta bien al poder –me refiero al verdadero- que así no tiene que dar explicaciones. Esas imprecisiones también son muy del agrado de los filósofos de salón, esos que dicen que creen en algo que está por encima, como quiera que se llame,  Yaveh, Alá o Abdulah. Esa vida de hospital, de textura incorpórea y llena de enigmas por resolver, sin vino y con pocas rosas, me ha introducido en un mundo jamás sospechado, instalando en mi vida la adicción a la invisibilidad. Esos seres extremadamente racionales que creen en eso que está por encima, esto no lo entienden, y lo atribuyen a la medicación de los goteros cuentagotas. Pero ser invisible tiene muchas ventajas. Del hospital me he traído, además de muchos informes que dicen que no me pasa nada, es decir, que mis males son invisibles, otras muchas invisibilidades. Yo misma he sido allí casi invisible, igual que la causa de mis cuatro caídas en un mes, las dos últimas con resultado de fractura de la cabeza del húmero y agravamiento de la misma, respectivamente.

De las escasas visitas que recibí en el país extranjero en el que me hallaba, en el que no conocía a casi nadie, recuerdo especialmente la de Montana. Curioso nombre. Es el de El mal de Montano –el libro que acabé de leer en el hospital- pero en femenino. Montana tiene una inteligencia penetrante, que es otra forma de invisibilidad, porque no todos lo saben ver y, desde su inesperada visita, se mantiene nuestra comunicación. Es como si Montana se hubiera convertido en mi alter ego.

Las más visibles en la vida diaria de hospital son las auxiliares de enfermería. A veces realizan un trabajo como en cadena: la que toma la temperatura; la que toma la tensión; la que cambia los goteros; la que comprueba el nivel de azúcar en sangre; la que trae la ropa limpia del día; la que trae la comida. Pueden intercambiarse, y también pueden repetir. Es porque así van más rápido, sin tener que cambiar veinte veces de aparato medidor. Hay un timbre para si quiere llamarlas el paciente que yo, en consonancia con mi condición de aspirante a invisible, nunca utilizo. Cada vez que no las llamo, no me ven.

Este es un hospital de primer mundo. Tiene cama articulada, elevable; portagoteros, sillón anatómico. Pintada de blanco y de verde hospital. Cambian la ropa de la cama, del baño y de los pacientes a diario. La comida es bastante buena, bien cocinada y abundante. Yo me como aproximadamente la mitad de la que traen. Realizan pruebas exhaustivas, con traslado en ambulancia, si es necesario. En algunos países no podrían ni soñar con esto.

Pero lo que da la medida del tipo de hospital de que se trata, es el servicio de masajes virtuales relajantes. Un verdadero lujo, más aún que el exceso diario de comida, ya que he investigado y no son estrictamente necesarios para la recuperación del enfermo. Claro que no sé si esa prestación es para todos los pacientes o sólo para algunos que presenten especiales características que les hagan acreedores de un suplemento adicional de alivio.

Ayer volvió Montana y estuvimos hablando todo el rato de esta asistencia. No hice nada más que empezar a contárselo y, sin dejarme terminar, porque ella es así, le molesta lo superfluo porque lo pilla todo al vuelo, comenzó a acribillarme a preguntas, para ir directamente al grano de lo que consideraba relevante. En pocos minutos casi sabía más que yo del asunto. Además, en estos días que ha venido a visitarme, le he contado otras cosas que no todo el mundo es capaz de entender. Estos también hacen muchas preguntas, pero, a diferencia de Montana, lo que me preguntan solo tiene respuestas que ya les he dado de antemano, cuando se lo cuento por primera vez. Con Montana es todo lo contrario, me hace preguntas que apenas me he planteado yo, con lo que me obliga a esforzarme, no en que ella me crea o me comprenda, sino en terminar de entenderlo yo. Acabo de conocer a Montana, apenas sé quién es ni por qué ha venido a verme, pero me gusta hablar con ella porque nunca tengo que repetir nada que ya haya dicho, hay cosas que ni siquiera necesito decirlas, porque ella las deduce de lo anterior, y, no sólo eso, igual que en los lieder la música completa el significado del texto, ella completa mis argumentos, provocando una personificación de esa pareja de lied: poesía-piano. Ella siempre provoca algo. He dicho que apenas sé quién es, explicación típica de seres prudentes con respecto a alguien a quien acaban de conocer, pero ni ella ni yo somos lo suficientemente prudentes. En realidad creo que ya nos conocemos muy bien

II La máquina invisible

Los masajes virtuales empezaron en mi brazo derecho, en el que tengo rota la cabeza del húmero, como si quisieran mitigar el malestar producido por la lesión, pero luego se extendieron hacia la mano, que reposaba sobre el estómago, donde continuaron y, yendo hacia abajo, masajearon el vientre… No había nadie en la habitación y los roces eran reales ¿Me crees Montana? Te propongo una cosa. Ya que existe la posibilidad de que un acompañante pase la noche con el enfermo, puedes quedarte hoy, aquí tengo la autorización. Ya que mi brazo no requiere especiales atenciones, de hecho no estoy aquí por la fractura sino para que me sean realizadas unas pruebas, de once de la noche a ocho de la mañana no entra nadie. Ocupas mi lugar y después me cuentas. Si, como creo, la imagen con la que logran la precisión de provocar efectos justo en la parte deseada, es térmica, no se notará la diferencia, y es posible que con la luz apagada ni siquiera se distinga entre nosotras aun con una cámara oculta. Además, lo hacen al principio de la noche, por lo que enseguida podríamos volver cada una a su sitio, una vez que lo verifiques. (Respóndeme también por escrito, porfi, luego te digo por qué)

(No, si ya lo sé. Todo lo referente a esto lo hablaremos por escrito. Si son capaces de esos juegos táctiles de penetrar virtualmente en una estancia, no veo por qué no van a poder escuchar lo que en ella se habla) Hecho. Tener esa información de primera mano, no me lo perdería por nada del mundo. La única forma de enterarse de ciertas cosas es experimentándolas

Bravo. El mundo es de los audaces. Lo peor es que estos también reciben a menudo audaces castigos

Toma Montana, bébete tú mi vaso de leche, no vaya a ser que contenga alguna  pócima provocadora de sensaciones y yo lo esté atribuyendo a circunstancias virtuales

Entonces compartamos ese potente bebedizo y saldremos de dudas, porque también lo sentirás ahí, en ese sillón anatómico en el que vas a “sustituirme” por un rato. Buenas noches

La máquina de entretenimiento. Peter Phillips, 1961

-María ¿Qué hora es? ¿Estás despierta?

-Si. Son las dos y media

-Ya lo tengo. Hablaré todo lo bajo que pueda ¿Dices que el brazo, el estómago y el vientre? Te aseguro que han ido un poco más abajo, provocándome sensaciones muy placenteras ¿Te ha pasado a ti algo? ¿No? Entonces no era la leche…

-Nunca creí eso. Y sabía de sobra que a mis percepciones no les pasaba nada. Si te parece mañana podemos continuar con esto yendo a dar un paseo y podremos hablar más seguras. Así que descendieron por el vientre, y te provocaron sensaciones placenteras… Eso es que le has gustado tú más a la maquinita

-Sabes muy bien que eso iba destinado a ti, y, no creo que hubieran continuado si se hubieran dado cuenta del cambio

Montana y yo seguimos investigando, porque de una cosa así, de la que ni sospechábamos su existencia, queríamos saberlo todo, aunque no iba a ser fácil. Pero ella es imparable…

-Me he planteado algunas cosas ¿Desde cuándo existen esos dispositivos? ¿Están suficientemente investigados? ¿O es que te están utilizando para experimentar? ¿Tienen efectos secundarios no deseados? Si están suficientemente experimentados y los efectos adversos que puedan causar no son mayores que los de una simple manta eléctrica ¿Quiénes se están beneficiando de ellos? ¿Están comercializados? Daños de efecto inmediato no presentan, al menos a simple vista. Tal vez determinados potentados los estén disfrutando ¿Quién ha sido el ingeniero, o ingenioso, que ha elucubrado tal invento? ¿Dónde se sitúan para poder acceder con tamaña precisión a donde desean? ¿Es un servicio de vanguardia del hospital? ¿Es que no hay nada que se resista a esos invisibles servidores de la patria? ¿Qué sistema utilizan para poder atravesar paredes? ¿Es eso sexo virtual? ¿Es sexo, siquiera? ¿Es susceptible de que alguien le atribuya connotaciones pecaminosas? Si se utiliza sobre alguien sin su consentimiento ¿Qué ocurre? A mí a veces me dejaban dormir un rato y nada más despertar me “atacaban” en lo más hondo ¿Es eso una violación virtual? ¿El hecho de que sea placentero y sin acceso carnal minimiza la invasión?

-Buenas preguntas. Te contestaré a la más facilita. Si la disfruta una mujer, puede que sea pecado; ahora, si es un hombre el que se regocija, la puta será la máquina. Esto es de cajón según los estatutos de ese machismo que regresa sin jamás haberse ido del todo.

-Yo voy a contestar a otra. No es sexo. En el sexo hay saliva, fluidos vaginales, sudor, semen, y puede que hasta lágrimas y a mí los electros esos, si es que son electros, no me han dejado ni rastro de humedades de ningún tipo. Van a los genitales porque ahí, como es fácil suponer, estarán las terminaciones nerviosas más sensibles. Y esa es toda la relación que le veo con el sexo, o mejor habría que decir con la sexualidad. Tampoco hay besitos, o besazos, conversación y tomarse una copa después. Ni piel, ni calidez humana. Lo bueno debe ser que no se necesita recuperación, como en un orgasmo, porque los músculos no necesitan recuperarse de nada. O algo así, porque lo digo sin haber hecho una consulta específica. Tampoco sabemos si estas máquinas pueden provocar orgasmos. A lo mejor están en ello. Sólo sabemos lo que han querido mostrarnos. Y de las otras preguntas, de carácter tan técnico, por ahora no tengo ni idea. Y otra cosa, una vez con esta información en la mano, debemos poner punto final a la experiencia, ya que no sabemos de dónde procede, si produce efectos adversos y, sobre todo, quién la maneja y con qué finalidad, ya que aquí nadie ha explicado nada, no es oficial y es invisible. Esto supongo que será alta tecnología, por control remoto y a través de paredes o techos. Una información impagable porque, aunque sabía de armas con esas características, para hacer daño, no sospechaba esta otra función

III Repercusiones invisibles

Pero parece que estas maquinitas -algunos ya las llaman sex machine, aunque Montana y yo ya hemos acordado que no es sexo- están empezando a proliferar. Sin embargo, por alguna razón, en los medios no hablan claramente de ellas. Ya se saben las risitas que les entran a algunos cuando se habla de los asuntos del bajo vientre. Sin embargo, tímidos y tontorrones ellos, hacen chistecitos fáciles, para que la gente lo vaya pillando. Las palabras de moda son: placer, intensidad, ser un máquina, aunque sea jugando al fútbol, eléctrico, electrificado y extremo. Pero vamos, como no sea el extremo Oriente

-Lo mejor de mi estancia en este hospital ha sido conocerte, Montana, pero aún no te he identificado, y ya no quiero jugar más a esa adivinanza que me propusiste, de a ver si sabía quién eras ¿Me vas a explicar ya de dónde sales?

-Verás, es que el día que te ingresaron, yo llegué también a Urgencias acompañando a un amigo reciente que se había pasado con las copas. Luego me dijo que había exagerado un poco porque quería llamar mi atención, aunque no sé, porque desde luego como actor no habría tenido precio. El caso es que se lo llevaron unos asistentes en silla de ruedas a una de las consultas y, esperándole, pude escuchar tus explicaciones a lo que te preguntaron. Sé que aquí se empeñan en llamarte María -aunque es un nombre con el que tú no te identificas- que es uno de tus tres nombres de pila, porque el nombre que usas les resulta difícil de pronunciar. También me di cuenta de que no dijiste todo lo que sabías, y sospecho por qué. El caso es que unos días antes presencié una caída con unas características muy parecidas a las tuyas. La verdad es que quedé muy intrigada. Como también dijiste que conocías a muy poca gente aquí, me pareció que eso facilitaba mis planes. También despertaste mi instinto protector, y eso no creas que me pasa con cualquiera. Enseguida supe que eras especial y eso es lo que suscita mi curiosidad. Espero que esto sirva para disculpar mi intromisión

NOTA: Este es un relato de ficción, es decir, que cualquier parecido con la realidad es, prácticamente, pura coincidencia, aunque alguna cosa sí es real. Por ejemplo, Montana, que es lo más royal que me he encontrado en los últimos doscientos años.

(Y es que, a veces, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia)

Esto es URIMB

©KolordeCítara, 2017

Posteriormente a la publicación de esta entrada, el 1 de junio de 2017, encontré esta información

https://www.xataka.com/robotica-e-ia/esto-es-lo-que-la-tecnologia-podria-hacer-por-tu-placer

https://www.xataka.com/robotica-e-ia/cuidado-los-robots-sexuales-del-futuro-podrian-matarnos-de-tanto-amarnos

https://www.xataka.com/robotica-e-ia/hay-quien-quiere-construir-una-etica-del-sexo-con-robots-y-prohibirlo-claro

 

Los orígenes de URIMB (Apuntes)

Zdislav bBksinski

Zdislav Beksinski

Como dijimos en anteriores epígrafes, en los orígenes del reino del Gran Hermano Urimb se cometieron muchos errores. Por ello decidieron incorporar a sus filas a talentos que les ayudasen a perfeccionar sus fundamentos, universitarios licenciados que trabajasen para dar una forma adecuada a sus leyes y estatutos, dotándoles de una apariencia de legalidad refinada. Les pondrían a investigar en la Historia, para encontrar referentes válidos. Al mismo tiempo, les servirían, <<para los fines de ornato, fama y representación>>, como cuenta Alfred von Martin en Sociología del Renacimiento y de lo cual también tomaron nota

El recientemente incorporado licenciado Caldera le mostró a Maroto, jefe URIMB, un texto. Pertenecía a la obra Vigilar y castigar, de Michel Foucault. Maroto era un hombre de acción, más que de lecturas, y se fijó sólo en las frases que había subrayado Caldera:

«…Unos castigos menos inmediatamente físicos, cierta discreción en el arte de hacer sufrir, un juego de dolores más sutiles, más silenciosos…

…tenemos un hecho: en unas cuantas décadas, ha desaparecido el cuerpo supliciado, descuartizado, amputado… expuesto vivo o muerto, ofrecido en espectáculo…

…A fines del siglo XVIII, y en los comienzos del XIX, a pesar de algunos grandes resplandores, la sombría fiesta punitiva está extinguiéndose…

…El ceremonial de la pena tiende a entrar en la sombra…

…El castigo ha cesado poco a poco de ser teatro. Y todo lo que podía llevar consigo de espectáculo se encontrará en adelante afectado de un índice negativo…

…el rito que “cerraba” el delito se hace sospechoso de mantener con él turbios parentescos: de igualarlo, si no de sobrepasarlo en salvajismo, de habituar a los espectadores a una ferocidad de la que se les quería apartar…

…se excluye del castigo el aparato teatral» (Vigilar y castigar, Michel Foucault)

El jefe Urimb lo leyó y dijo:

-Bah, pamplinas, éste es un finolis. Los castigos deben ser públicos y ejemplares, que avergüencen al infractor, o al que nosotros digamos

A pesar de su gusto por los licenciados, en Urimb sólo empezaban a considerarlos como trabajadores eficientes cuando lograban convertirlos en “cuerpos dóciles”, que ajustasen el sentido de sus indagaciones a los verdaderos objetivos de dominio del Gran Hermano Urimb

Pero el licenciado Caldera, a pesar de su impecable expediente académico, era negado para los asuntos prácticos. Ya en sus primeros test de personalidad se advertía “De gran eficacia en segunda línea, guiado por un jefe que tome la responsabilidad”. También se informaba, en el mismo test, de su gran inteligencia analítica, su capacidad extremada de atención y su gran aptitud para el estudio. Una combinación de cualidades que gustó mucho en Urimb. El informe de la personalidad de Caldera también contenía otros datos que no les hicieron tanta gracia, como el que decía:  “Tiene buen corazón, y es accesible a la piedad”, pero decidieron pasarlo por alto, a la vista del resto de resultados. El talento para la intriga y la astucia era nulo en Caldera.. Por este motivo, cuando era pequeño, los que no conocían sus resultados en la escuela, algunos simples lo tomaban por medio tonto. Pero en Urimb él era sólo una de las piezas. Otros suplirían esa carencia en caso necesario. Cada uno se ocuparía de lo que mejor supiera hacer, esa era la estrategia

Por eso, en circunstancias en las que era precisa, mano izquierda”, Caldera  no hacía más que meter la pata, como una vez que se enzarzó con unos niños de instituto. A un subalterno no se le ocurrió otra cosa mejor, para salir de un apuro, que pedirle ayuda a su superior, Caldera. Éste increpó a los muchachos, haciendo valer su condición de titulado

-Uuuuuuhhhhh! Qué sorpresa, pero si ha llamado a su primo el de Zumosol Uuuuuuuhhhhh! Y se llama Caldera Uuuuuuhhhhh!  O shea ahhhhhhhh, y ha ido a la Uni…. jate, oye…

-A ver, niños -dijo un aspirante que pasaba por allí- dejaos de aspavientos, que el señor Caldera tiene razón

-Tiene razón lisensiado (dígase con acento mejicano) tenemos que ser buenos niños, para que de mayores nos den una buena caldera, jajaja…

Menos mal que estaba por allí Briones, el tutor de Caldera…

-¡Vaya! –dijo dirigiéndose a los niños- pero quién está aquí ¿Ocurre algo?

-No, nada, señor Briones, que nos estábamos divirtiendo un poco…

-Caldera –le dijo en un aparte- con los muchachitos, lo que tienes que hacer es lograr que se sientan importantes. Hazlo así y conseguirás de ellos  lo que quieras…

-Claro jefe…

 

Obedece, que no es poco

Un nuevo empleado, Benitez, se acababa de incorporar al Departamento de Maroto. A éste le había gustado mucho, porque todos los tests que le realizaron detectaron su extremada capacidad de obediencia a los superiores

-Qué bien, este ya viene educao

Valentín Benítez se crió sin padre. Su madre, Remedios, por las noticias que nos han llegado hasta la fecha, era una buena señora. Lástima que, debido a la precariedad que le tocó vivir en sus primeros años, había ido poco a la escuela. Eso hizo que su mayor ilusión fuera que su hijo estudiase

-¡Vamos Valen! ¡Arriba…! Es la hora del colegio…

A Valentín no le gustaba que su madre le llamase Valen. Hubiera preferido Tino, o incluso Tinín, pero cuando Remedios tomaba una decisión, no había manera de que diera marcha atrás.

Remedios insistía en que su hijo hiciera los cuadernos con pulcritud y orden; limpios, sin tachones…

Como no podía corregirle los trabajos, ni ayudarle a hacer los deberes por su falta de instrucción, sus esfuerzos se centraban en los cuadernos: ella quería ver claridad, líneas rectas y limpieza, y todos los días observaba como su hijo hacía los deberes. Si Valen se equivocaba y tachaba algo le hacía empezar otra hoja. Y en eso era implacable. Un día Valentín se dio cuenta de que si su madre veía algún error era por el tachón, no por el error en sí, así que tomó la decisión de no tachar nada, aunque no estuviera bien. Así no había que empezar de nuevo

Ella guardaba todos los cuadernos que su hijo iba completando. Los tenía perfectamente organizados, por cursos y por materias. También le obligaba a hacer al niño un dibujo alusivo a la asignatura, para que así ella no se confundiera. El muchacho copió en ellos hasta los exámenes, ya que su madre era insaciable en materia de cuadernos

Valentín consiguió llegar a la ESO y por ahí se quedó. Pero cuando se hizo mayor, esos cuadernos eran para él como un legado, aunque lo llevara en secreto. De vez en cuando elegía alguno de ellos para refrescar un poco: el de Mates, el de Ciudadanía, el de Sociales… Pero, debido a la costumbre adquirida de no corregir los errores, se hacía pequeños líos con algunas cosas.  Sin embargo, en Valentín Benítez, la seriedad de su porte era confundida con credibilidad y mesura. Porque, aunque no era un perfeccionista, sabía obviar los tachones, para que pasaran desapercibidos…

De todas formas, en Urimb, lo que les había interesado era esa facultad de obediencia incondicional. Con esa cualidad podría llegar muy lejos…

*****

El licenciado Caldera le mostró a Maroto un nuevo texto de Vigilar y castigar. Sabía que, en este caso, iba a ser más del gusto del jefe Urimb. Ya iba aprendiendo Caldera, docilizando su cuerpo…
<<En Francia, como en la mayoría de los países europeos —con la notable excepción de Inglaterra—, todo el procedimiento criminal, hasta la sentencia, se mantenía secreto: es decir, opaco, no sólo para el público sino para el propio acusado. Se desarrollaba sin él, o al menos sin que él pudiese conocer la acusación, los cargos, las declaraciones, las pruebas. En el orden de la justicia penal, el saber era privilegio absoluto de la instrucción del proceso…

…Según la Ordenanza de 1670… era imposible al acusado tener acceso a los autos, imposible conocer la identidad de los denunciantes…

…imposible tener un abogado, ya fuese para comprobar la regularidad del procedimiento, ya para participar, en cuanto al fondo, en la defensa. Por su parte, el magistrado tenía el derecho de recibir denuncias anónimas, de ocultar al acusado la índole de la causa, de interrogarlo de manera capciosa, de emplear insinuaciones…

…para ellos, únicamente estos elementos eran probatorios; no veían al acusado más que una vez para interrogarlo antes de dictar su sentencia. La forma secreta y escrita del procedimiento responde al principio de que en materia penal el establecimiento de la verdad era para el soberano y sus jueces un derecho absoluto y un poder exclusivo>>

-Estupendo, Caldera. Así me gusta. Efectivamente, hay antecedentes históricos… Voy a llamar a la cúpula

Caldera desconocía el verdadero objetivo de estas indagaciones. Maroto dirigía sus operaciones sin informar a sus “soldados”, manteniendo sus planes en secreto, permaneciendo insondable. Ellos debían limitarse a cumplir con su trabajo. La estrategia era cosa suya, como se preconizaba en El arte de la guerra, de Sun Tzu: <<El principal engaño… no se dirige sólo a los enemigos, sino que empieza por las propias tropas, para hacer que le sigan a uno sin saber a dónde van…>>.

-Obedecer sin pensar, como debe ser. Para “saber” ya estamos los jefes…

La indagación de la obra de Sun Tzu la había llevado a cabo un predecesor de Caldera, ahora trasladado a otro Departamento, sin posibilidad de conexión, para evitar comunicaciones indeseadas entre subordinados. Era mejor mantenerles en una cierta ignorancia. Así, si en la Organización se veían obligados a rectificar algo, no darían muestras de debilidad ante ellos.  Tenían que insuflarles seguridad, para que se sintieran bien respaldados y reforzar cada día más su obediencia ciega. Estaban aún en los inicios de su influencia y era imprescindible que los subordinados percibieran fuerza y poder, sólo así lograrían transmitirlo a las gentes/los mirados. De todas formas, eso no haría más que aumentar con el tiempo…

Hermano enorme/Vasto Frater/Justo Frater/

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Un mundo prefecto

Cuando esa tarde Caldera salió a pasear y a echar carreras con su perro, un pastor alemán,  no pudo evitar recordar sus últimos encuentros con Maroto, los escritos que le gustaban, los que no, sus comentarios ante los mismos… de manera que podía atisbar su personalidad. En esos momentos creía que era una cualidad específica de su jefe, un rasgo de su idiosincrasia. No imaginaba aún que eso formaba parte de un entramado superior. El dirigente de más alto rango con el que se relacionaba era Maroto, por tanto no tenía ninguna información de lo que se fraguaba por encima de él. Maroto era otro “obediente”, hecho que no podía suponer Caldera, dado el carácter autoritario de ese jefe (buscar una palabra, inventando una graduación, graduaciones para todos). Pero Maroto obedecía ciegamente a su (graduación), ejecutando sus órdenes al milímetro.

Estaban en le fase de formación de su ¿reino? Y lo que había que hacer era buscar documentación sobre sistemas políticos, reales o imaginarios, es decir, también se contemplaban libros y películas de ficción sobre distopías, para copiar, justificar, perfeccionar… Había mucho en juego, por eso no se iba a escatimar en esfuerzos, por eso Urimb debía ser inexpugnable. Pero ahora estaban conviviendo con el anterior sistema, por lo que debían ser muy cautos, de manera que fueran poco a poco fundiéndose con lo anterior, progresivamente, sin traumas para los mirados, que eran tan fáciles de manejar, después de todo. El proceso previsto era implantarlo todo en la práctica, y, cuando se hubiera aceptado como costumbre, convertirlo en ley

A Maroto le gustaba su trabajo, en realidad le encantaba. Leer y analizar, comparando periodos de la historia, enfrentando leyes antiguas con las actuales, haciendo observaciones, críticas, detectando fallos… El objetivo era conseguir aplicar el espíritu de alguna de las épocas, lo que les gustara de ellas, de manera que, consiguiendo los mismos efectos, se suavizara, haciendo de la presentación, algo más sutil. Pero para dar forma a estas indagaciones y análisis tenían a los letrados, que lo redactarían en lenguaje jurídico, convirtiéndolo en normas, leyes, decretos…

« (Hasta el siglo XVIII, hubo largas discusiones en cuanto a saber si, en el curso de los interrogatorios capciosos, le era lícito al juez usar de falsas promesas, de embustes o de palabras de doble significado. Toda una casuística de la mala fe procesal)

No está el todo en que los malos sean castigados justamente. Es preciso, a ser posible, que se juzguen y se condenen ellos mismos. En el interior del crimen reconstituido por escrito, el criminal que confiesa viene a desempeñar el papel de verdad viva. La confesión, acto del sujeto delincuente, responsable y parlante, es un documento complementario de una instrucción escrita y secreta. De ahí la importancia que todo este procedimiento de tipo inquisitivo concede a la confesión.

 La justicia necesitaba que su víctima autentificara en cierto modo el suplicio que sufría. Se le pedía al criminal que consagrara por sí mismo su propio castigo proclamando la perfidia de sus crímenes

 …mecanismo por el cual el suplicio hacía pasar la verdad secreta y escrita del procedimiento al cuerpo, el gesto y el discurso del criminal. La justicia necesitaba estos apócrifos para fundamentarse en verdad. Sus decisiones se hallaban así rodeadas de todas esas “pruebas” póstumas. Ocurría también que se publicaran relatos de crímenes y de vidas infames, a título de pura propaganda, antes de todo proceso y para forzar la mano a una justicia de la que se sospechaba que era demasiado tolerante.

…exceso de poder por parte de una acusación a la que se le dan casi sin límite unos medios de perseguir, en tanto que el acusado se halla desarmado frente a ella…»

 Ya estaban perfilando los fundamentos del reino de URIMB… 

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Escrito hace unos dos años ©KolordeCítara

 

Actividades extralaborales (Apuntes para URIMB)

Mimetismo antropomórfico de la conciencia colectiva, 1961. Viktor Brauner

Mimetism antropomorphe de la conscience collective, 1961. Victor Brauner

«El gran jefe robostalker tuvo una mala noche de sábado para su negocio. Tal vez la gente estaba cansada de escuchar repetidamente la última consigna y eligió otro local para su asueto. Aún les estaban permitidas esas pequeñas libertades. Pero no sería por mucho tiempo. En el Departamento de Actividades Extralaborales ya estaban trabajando para que nadie pudiese eludir los mensajes que los dirigentes quisiesen hacerles llegar. Estaban considerando, entre otras opciones, el que todos los locales repitiesen la misma consigna. De esa manera, los robóticos tendrían una pequeña sensación de libertad y elección. Pero sólo elegirían la forma. El contenido, con pequeñas diferencias, sería siempre el mismo. Ya lo habían hecho con las televisiones: el roboteman cambiaba la cadena; elegía otra después, pero en todas le contaban lo mismo. Todo lo que se hablaba en el Club Holland les estaba vedado. Sólo se enterarían cuando les aplicasen las directrices de lo allí acordado. Los robokones, cuando salían a divertirse sólo querían sentir. “Sentir es mejor que pensar”, “Nunca dejes de sentir lo refrescante”, les habían enseñado a través de una de las últimas consignas. Sentir pensando, o pensar sintiendo, era demasiado complicado después de haber recibido la guía del sistema educativo que les habían impuesto. Por otra parte, las continuas preocupaciones que les eran creadas artificialmente les hacían acudir a los entretenimientos proporcionados con voracidad, apurando las pequeñas ocasiones de evasión que les eran facilitadas. Poco sabían que entonces también estaban siendo adiestrados

Una de las últimas novedades consistía en la ejecución pública de robotikones rebeldes. Individuos desobedientes, raros, inconformistas, incapaces de adaptarse al adiestramiento del colectivo unitario. Eran individuos que, reiteradamente, habían intentado advertir a los robotikones de lo que estaba ocurriendo a sus espaldas. Pero eran incapaces de competir con la imponente estructura estatal, y eran absorbidos como peligrosos disidentes por un sistema que se dedicaría a perseguirles sin descanso.

En el Robothall, se había aprobado recientemente la ley Tutecallas, diseñada para que la gente se callara lo que pensaba. Lo poco que pensaba, cada vez menos. Se promocionaba el sentir, antes que el pensar. Para ello se facilitaban toda clase de pastillas. En los efectos secundarios de todas las pastillas figuraban como efectos adversos los delirios y las alucinaciones. Eso tenía la ventaja de que cuando alguno decía algo que no les convenía lo achacaban a esos efectos colaterales. Era un combinado de gran ingenio, y el ponente, el ministro Tutecallas, en cuyo honor fue así bautizada la ley, fue altamente condecorado por ella.

Las ejecuciones no siempre eran sangrientas, ya que tenían armas que no dejaban huella, como si un rayo mágico y justiciero le cayera encima al rebelde. Eran mostradas como un divertimento. Los grupos paramilitares que se encargaban de la dirección de los mismos proliferaban por todo el mundo. Nadie podía ayudar al disidente. Si alguien lo intentaba correría la misma suerte, porque ellos, simplemente, trazaban un plan, y después lo convertían en realidad. Sólo era admisible la adhesión inquebrantable…»

CODA:

Siente como los sueldos bajan

Siente como la enseñanza degenera

Siente como la información se sustrae

Siente mi jarabe de electro. Los efectos secundarios son guays: delirios y alucinaciones, como con la maría…

Eric en el panóptico. Tortura electromagnética (Apuntes para URIMB)

Las armas de la represión, son ahora electromagnéticas Railroaded, Lynd Ward.1947

Railroaded, Lynd Ward. 1947

Los ataques eran cada vez más brutales, y, al mismo tiempo, como en un oscuro contrasentido, más refinados. La finura de unas armas invisibles y mortíferas. Eric sentía intensamente esos ataques. Pero no dejaban huellas visibles sobre su cuerpo. Por lo que, si acudía a la enfermería de la prisión, le hacían ver que creían que iba allí para salir de la monotonía de su celda. Sus torturadores, sabiéndose impunes, callaban y lo dejaban sufrir en silencio, esperando verlo enloquecer, o derrumbarse. Su salud y sus genes, en esos primeros tiempos, ayudaban a enmascararlo un poco más. Sus guardianes, sabedores de esta invisibilidad del daño, le observaban esforzándose en sus explicaciones. Los médicos, a pesar de trabajar en el penal, nunca habían oído hablar de ese tipo de armas silenciosas. Eric no podía insistir en sus argumentos, ya que sabía que si lo hacía, el doctor le obligaría a seguir un tratamiento psiquiátrico, y todos en la prisión ya sabían lo que eso significaba, la pérdida irreversible de la credibilidad de las quejas. A los quince días de iniciado el tratamiento, cualquier descripción de uno de esos síntomas sin pruebas visibles, sería atribuida a los efectos secundarios del tratamiento. Lo único que podía hacer Eric era esperar al final de su condena. Por suerte para él no era muy larga y con buen comportamiento saldría en unos meses. Si se quejaba más de la cuenta los guardianes de URIMB aprovecharían cualquier excusa para culparlo de alterar el orden, o de conducta reiterativa, obligándolos a dedicarle demasiado de su tiempo.

A veces oía como un disparo de un objeto de goma que chocaba contra la pared de su celda. El sonido era parecido al que se origina al estirar esos aros de caucho que se venden en papelerías, o a su tirachinas de infancia. Pero los presagios de ese disparo elástico no eran lúdicos, como cuando apuntaba con la pequeña arma de su niñez

Otras veces era un sonido sordo, pero agudo; agresivo, continuo. Si tapaba cada oreja con un dedo lo seguía oyendo igual, como si entrara por los poros de la piel. Cuando estaba con los dedos en los agujeros oía, simultáneamente, otro ruido sordo, menos estridente, más grave y agradable. Eric pensó que debía ser el que decía John Cage que era el sonido de la circulación de la sangre.

-Pero ahora es una melodía acompañada, como si de una obra barroca trasladada a la música electroacústica del siglo XX se tratara. Como una carretera interminable, sin desvíos ni salidas. Sin surtidores. En la que el coche acabará parando por falta de carburante. Dará igual dónde me detenga, porque cualquier punto estará a la misma distancia del final inexistente… -caviló Eric-

Eric, además, era de ese tipo de presos que no gustaba a los guardias. Les molestaba su independencia, su mirada penetrante. Sabiendo eso procuraba pasar lo más inadvertido posible, pero había algo en él que atraía la atención de los carceleros, y no había forma de que lo olvidaran, porque no se creían su aceptación del estado de las cosas. Con su estructura de panóptico, toda la prisión estaba fuertemente vigilada, pero especialmente a él no lo perdían de vista.

Las autoridades, mientras tanto, a través de sus televisiones estatales, al servicio del sistema, describían un mundo democrático, en el que todas las instituciones funcionaban sirviendo al ciudadano.

En realidad, el ciudadano se adaptaba a esas descripciones, las mismas en cualquier cadena. La disidencia había sido erradicada. Cada uno debía cumplir con el papel que le había sido asignado, sin desviarse del guion. Si alguno se atrevía a destacarse de este argumento sería afeado y puesto en entredicho. Los columnistas escribirían sobre sus rarezas y excentricidades. Tenían que hacerlo si querían que sus trabajos fuesen publicados. El engranaje -después de años de perfeccionamiento- funcionaba como una maquinaria de relojería. También utilizaban a los famosos para reforzar los mensajes. Los famosos siempre colaboraban, ya que tenían unos privilegios que no querían poner en riesgo. Los argumentos eran facilitados por los espías, ya que, con su continua intromisión, sabían vida y milagros de todos, especialmente de los que les llamaban la atención, como Eric. Estos mirones empedernidos eran los verdaderos jefes de la gente, porque eran los dueños de la información. Las otras autoridades tenían que reunirse constantemente, dar ruedas de prensa y hacer declaraciones. Por ello lo dejaban todo en manos de los espías. En nombre de la seguridad… de los amos