Vida de hospital. El mundo invisible (URIMB)

La máquina tiene privilegios. Victor Brauner, 1964

La machine à privilèges. Victor Brauner, 1964

La política, ahora, se llama dinero; el surrealismo, ahora, se llama Tecnología.

 (KolordeCítara)

Muchas cosas, para mucha gente, son invisibles

(KolordeCítara)

Conociendo a Montana

I Rompehuesos invisible

Mi vida en el hospital está marcada por la invisibilidad. Tengo amigos invisibles, visitantes invisibles, enemigos invisibles. Los médicos son también casi invisibles. Sólo revierten esta condición en las grandes ocasiones, cuando tienen los resultados de todas las pruebas y van a informar al paciente; o cuando van a darle el alta. Son los príncipes del hospital. Podrían ser los reyes, pero ese estatus está reservado a los grandes invisibles. La invisibilidad es algo muy conveniente para los reyes o emperadores, o sus equivalentes actuales, que son, justamente, los grandes invisibles. Dios, el más listo de todos los invisibles que en el mundo han sido, nunca se ha dejado ver. Esa es la mejor forma de dejar contento a todo el mundo, ya que así cada uno se imagina al más grande como más le gusta. Ese halo de misterio le sienta bien al poder –me refiero al verdadero- que así no tiene que dar explicaciones. Esas imprecisiones también son muy del agrado de los filósofos de salón, esos que dicen que creen en algo que está por encima, como quiera que se llame,  Yaveh, Alá o Abdulah. Esa vida de hospital, de textura incorpórea y llena de enigmas por resolver, sin vino y con pocas rosas, me ha introducido en un mundo jamás sospechado, instalando en mi vida la adicción a la invisibilidad. Esos seres extremadamente racionales que creen en eso que está por encima, esto no lo entienden, y lo atribuyen a la medicación de los goteros cuentagotas. Pero ser invisible tiene muchas ventajas. Del hospital me he traído, además de muchos informes que dicen que no me pasa nada, es decir, que mis males son invisibles, otras muchas invisibilidades. Yo misma he sido allí casi invisible, igual que la causa de mis cuatro caídas en un mes, las dos últimas con resultado de fractura de la cabeza del húmero y agravamiento de la misma, respectivamente.

De las escasas visitas que recibí en el país extranjero en el que me hallaba, en el que no conocía a casi nadie, recuerdo especialmente la de Montana. Curioso nombre. Es el de El mal de Montano –el libro que acabé de leer en el hospital- pero en femenino. Montana tiene una inteligencia penetrante, que es otra forma de invisibilidad, porque no todos lo saben ver y, desde su inesperada visita, se mantiene nuestra comunicación. Es como si Montana se hubiera convertido en mi alter ego.

Las más visibles en la vida diaria de hospital son las auxiliares de enfermería. A veces realizan un trabajo como en cadena: la que toma la temperatura; la que toma la tensión; la que cambia los goteros; la que comprueba el nivel de azúcar en sangre; la que trae la ropa limpia del día; la que trae la comida. Pueden intercambiarse, y también pueden repetir. Es porque así van más rápido, sin tener que cambiar veinte veces de aparato medidor. Hay un timbre para si quiere llamarlas el paciente que yo, en consonancia con mi condición de aspirante a invisible, nunca utilizo. Cada vez que no las llamo, no me ven.

Este es un hospital de primer mundo. Tiene cama articulada, elevable; portagoteros, sillón anatómico. Pintada de blanco y de verde hospital. Cambian la ropa de la cama, del baño y de los pacientes a diario. La comida es bastante buena, bien cocinada y abundante. Yo me como aproximadamente la mitad de la que traen. Realizan pruebas exhaustivas, con traslado en ambulancia, si es necesario. En algunos países no podrían ni soñar con esto.

Pero lo que da la medida del tipo de hospital de que se trata, es el servicio de masajes virtuales relajantes. Un verdadero lujo, más aún que el exceso diario de comida, ya que he investigado y no son estrictamente necesarios para la recuperación del enfermo. Claro que no sé si esa prestación es para todos los pacientes o sólo para algunos que presenten especiales características que les hagan acreedores de un suplemento adicional de alivio.

Ayer volvió Montana y estuvimos hablando todo el rato de esta asistencia. No hice nada más que empezar a contárselo y, sin dejarme terminar, porque ella es así, le molesta lo superfluo porque lo pilla todo al vuelo, comenzó a acribillarme a preguntas, para ir directamente al grano de lo que consideraba relevante. En pocos minutos casi sabía más que yo del asunto. Además, en estos días que ha venido a visitarme, le he contado otras cosas que no todo el mundo es capaz de entender. Estos también hacen muchas preguntas, pero, a diferencia de Montana, lo que me preguntan solo tiene respuestas que ya les he dado de antemano, cuando se lo cuento por primera vez. Con Montana es todo lo contrario, me hace preguntas que apenas me he planteado yo, con lo que me obliga a esforzarme, no en que ella me crea o me comprenda, sino en terminar de entenderlo yo. Acabo de conocer a Montana, apenas sé quién es ni por qué ha venido a verme, pero me gusta hablar con ella porque nunca tengo que repetir nada que ya haya dicho, hay cosas que ni siquiera necesito decirlas, porque ella las deduce de lo anterior, y, no sólo eso, igual que en los lieder la música completa el significado del texto, ella completa mis argumentos, provocando una personificación de esa pareja de lied: poesía-piano. Ella siempre provoca algo. He dicho que apenas sé quién es, explicación típica de seres prudentes con respecto a alguien a quien acaban de conocer, pero ni ella ni yo somos lo suficientemente prudentes. En realidad creo que ya nos conocemos muy bien

II La máquina invisible

Los masajes virtuales empezaron en mi brazo derecho, en el que tengo rota la cabeza del húmero, como si quisieran mitigar el malestar producido por la lesión, pero luego se extendieron hacia la mano, que reposaba sobre el estómago, donde continuaron y, yendo hacia abajo, masajearon el vientre… No había nadie en la habitación y los roces eran reales ¿Me crees Montana? Te propongo una cosa. Ya que existe la posibilidad de que un acompañante pase la noche con el enfermo, puedes quedarte hoy, aquí tengo la autorización. Ya que mi brazo no requiere especiales atenciones, de hecho no estoy aquí por la fractura sino para que me sean realizadas unas pruebas, de once de la noche a ocho de la mañana no entra nadie. Ocupas mi lugar y después me cuentas. Si, como creo, la imagen con la que logran la precisión de provocar efectos justo en la parte deseada, es térmica, no se notará la diferencia, y es posible que con la luz apagada ni siquiera se distinga entre nosotras aun con una cámara oculta. Además, lo hacen al principio de la noche, por lo que enseguida podríamos volver cada una a su sitio, una vez que lo verifiques. (Respóndeme también por escrito, porfi, luego te digo por qué)

(No, si ya lo sé. Todo lo referente a esto lo hablaremos por escrito. Si son capaces de esos juegos táctiles de penetrar virtualmente en una estancia, no veo por qué no van a poder escuchar lo que en ella se habla) Hecho. Tener esa información de primera mano, no me lo perdería por nada del mundo. La única forma de enterarse de ciertas cosas es experimentándolas

Bravo. El mundo es de los audaces. Lo peor es que estos también reciben a menudo audaces castigos

Toma Montana, bébete tú mi vaso de leche, no vaya a ser que contenga alguna  pócima provocadora de sensaciones y yo lo esté atribuyendo a circunstancias virtuales

Entonces compartamos ese potente bebedizo y saldremos de dudas, porque también lo sentirás ahí, en ese sillón anatómico en el que vas a “sustituirme” por un rato. Buenas noches

La máquina de entretenimiento. Peter Phillips, 1961

-María ¿Qué hora es? ¿Estás despierta?

-Si. Son las dos y media

-Ya lo tengo. Hablaré todo lo bajo que pueda ¿Dices que el brazo, el estómago y el vientre? Te aseguro que han ido un poco más abajo, provocándome sensaciones muy placenteras ¿Te ha pasado a ti algo? ¿No? Entonces no era la leche…

-Nunca creí eso. Y sabía de sobra que a mis percepciones no les pasaba nada. Si te parece mañana podemos continuar con esto yendo a dar un paseo y podremos hablar más seguras. Así que descendieron por el vientre, y te provocaron sensaciones placenteras… Eso es que le has gustado tú más a la maquinita

-Sabes muy bien que eso iba destinado a ti, y, no creo que hubieran continuado si se hubieran dado cuenta del cambio

Montana y yo seguimos investigando, porque de una cosa así, de la que ni sospechábamos su existencia, queríamos saberlo todo, aunque no iba a ser fácil. Pero ella es imparable…

-Me he planteado algunas cosas ¿Desde cuándo existen esos dispositivos? ¿Están suficientemente investigados? ¿O es que te están utilizando para experimentar? ¿Tienen efectos secundarios no deseados? Si están suficientemente experimentados y los efectos adversos que puedan causar no son mayores que los de una simple manta eléctrica ¿Quiénes se están beneficiando de ellos? ¿Están comercializados? Daños de efecto inmediato no presentan, al menos a simple vista. Tal vez determinados potentados los estén disfrutando ¿Quién ha sido el ingeniero, o ingenioso, que ha elucubrado tal invento? ¿Dónde se sitúan para poder acceder con tamaña precisión a donde desean? ¿Es un servicio de vanguardia del hospital? ¿Es que no hay nada que se resista a esos invisibles servidores de la patria? ¿Qué sistema utilizan para poder atravesar paredes? ¿Es eso sexo virtual? ¿Es sexo, siquiera? ¿Es susceptible de que alguien le atribuya connotaciones pecaminosas? Si se utiliza sobre alguien sin su consentimiento ¿Qué ocurre? A mí a veces me dejaban dormir un rato y nada más despertar me “atacaban” en lo más hondo ¿Es eso una violación virtual? ¿El hecho de que sea placentero y sin acceso carnal minimiza la invasión?

-Buenas preguntas. Te contestaré a la más facilita. Si la disfruta una mujer, puede que sea pecado; ahora, si es un hombre el que se regocija, la puta será la máquina. Esto es de cajón según los estatutos de ese machismo que regresa sin jamás haberse ido del todo.

-Yo voy a contestar a otra. No es sexo. En el sexo hay saliva, fluidos vaginales, sudor, semen, y puede que hasta lágrimas y a mí los electros esos, si es que son electros, no me han dejado ni rastro de humedades de ningún tipo. Van a los genitales porque ahí, como es fácil suponer, estarán las terminaciones nerviosas más sensibles. Y esa es toda la relación que le veo con el sexo, o mejor habría que decir con la sexualidad. Tampoco hay besitos, o besazos, conversación y tomarse una copa después. Ni piel, ni calidez humana. Lo bueno debe ser que no se necesita recuperación, como en un orgasmo, porque los músculos no necesitan recuperarse de nada. O algo así, porque lo digo sin haber hecho una consulta específica. Tampoco sabemos si estas máquinas pueden provocar orgasmos. A lo mejor están en ello. Sólo sabemos lo que han querido mostrarnos. Y de las otras preguntas, de carácter tan técnico, por ahora no tengo ni idea. Y otra cosa, una vez con esta información en la mano, debemos poner punto final a la experiencia, ya que no sabemos de dónde procede, si produce efectos adversos y, sobre todo, quién la maneja y con qué finalidad, ya que aquí nadie ha explicado nada, no es oficial y es invisible. Esto supongo que será alta tecnología, por control remoto y a través de paredes o techos. Una información impagable porque, aunque sabía de armas con esas características, para hacer daño, no sospechaba esta otra función

III Repercusiones invisibles

Pero parece que estas maquinitas -algunos ya las llaman sex machine, aunque Montana y yo ya hemos acordado que no es sexo- están empezando a proliferar. Sin embargo, por alguna razón, en los medios no hablan claramente de ellas. Ya se saben las risitas que les entran a algunos cuando se habla de los asuntos del bajo vientre. Sin embargo, tímidos y tontorrones ellos, hacen chistecitos fáciles, para que la gente lo vaya pillando. Las palabras de moda son: placer, intensidad, ser un máquina, aunque sea jugando al fútbol, eléctrico, electrificado y extremo. Pero vamos, como no sea el extremo Oriente

-Lo mejor de mi estancia en este hospital ha sido conocerte, Montana, pero aún no te he identificado, y ya no quiero jugar más a esa adivinanza que me propusiste, de a ver si sabía quién eras ¿Me vas a explicar ya de dónde sales?

-Verás, es que el día que te ingresaron, yo llegué también a Urgencias acompañando a un amigo reciente que se había pasado con las copas. Luego me dijo que había exagerado un poco porque quería llamar mi atención, aunque no sé, porque desde luego como actor no habría tenido precio. El caso es que se lo llevaron unos asistentes en silla de ruedas a una de las consultas y, esperándole, pude escuchar tus explicaciones a lo que te preguntaron. Sé que aquí se empeñan en llamarte María -aunque es un nombre con el que tú no te identificas- que es uno de tus tres nombres de pila, porque el nombre que usas les resulta difícil de pronunciar. También me di cuenta de que no dijiste todo lo que sabías, y sospecho por qué. El caso es que unos días antes presencié una caída con unas características muy parecidas a las tuyas. La verdad es que quedé muy intrigada. Como también dijiste que conocías a muy poca gente aquí, me pareció que eso facilitaba mis planes. También despertaste mi instinto protector, y eso no creas que me pasa con cualquiera. Enseguida supe que eras especial y eso es lo que suscita mi curiosidad. Espero que esto sirva para disculpar mi intromisión

NOTA: Este es un relato de ficción, es decir, que cualquier parecido con la realidad es, prácticamente, pura coincidencia, aunque alguna cosa sí es real. Por ejemplo, Montana, que es lo más royal que me he encontrado en los últimos doscientos años.

(Y es que, a veces, cualquier parecido con la ficción es pura coincidencia)

Esto es URIMB

©KolordeCítara, 2017

Posteriormente a la publicación de esta entrada, el 1 de junio de 2017, encontré esta información

https://www.xataka.com/robotica-e-ia/esto-es-lo-que-la-tecnologia-podria-hacer-por-tu-placer

https://www.xataka.com/robotica-e-ia/cuidado-los-robots-sexuales-del-futuro-podrian-matarnos-de-tanto-amarnos

https://www.xataka.com/robotica-e-ia/hay-quien-quiere-construir-una-etica-del-sexo-con-robots-y-prohibirlo-claro

 

Algunos pecados capitales, cuentos. Cuento núm. 1: La envidia (Omar y Aquiles) (3/3)

2The Accused - Odilon Redon, 1887

The Accused – Odilon Redon, 1887

Aquiles estaba contento. Así es como debían ser las cosas. Ahora tenía una ocupación diferente cada vez que regresaba a su casa, ahora sí que era un guardián. Haría una comida especial. Entró en la jaula confiado, sintiéndose señor de la situación. Llevaba un recipiente humeante, rebosando exquisitas viandas y se dispuso a depositarlo en el rincón de la comida. El prisionero ya iba a lamerle la mano, con mucho entusiasmo, pensó Aquiles, le gusta el aroma. Pero con un brusco movimiento de cabeza, Omar le dio un formidable mordisco, al tiempo que el sabroso alimento se desparramaba por el suelo. A duras penas pudo Aquiles deshacerse del ataque de su hermano. Cuando lo consiguió, su respuesta fue terrible. Cogió el palo que utilizaba para andar por el monte y la emprendió a golpes con el rebelde. El apaleamiento fue brutal. El cuerpo de Omar quedó lleno de manchas moradas, líneas rojinegras cubrían su cuerpo en cualquier sentido, estaba molido a palos. Lo peor era que no veía una salida para esa situación.

Aunque las heridas iban curando poco a poco, él entró en un estado de decaimiento que Aquiles de nuevo confundió con aceptación. Omar quería una tregua, no sabía para que, ganar tiempo, pensar con tranquilidad. Lo único que podía hacer sin ser molestado era pensar. Para hablar ya estaba Aquiles, que imitaba a su hermano cuando éste era libre. Incluso intentó canturrear alguna vez al servirle la comida, con un ensayo de cadencia final al depositar la cazuela, cosa que no repitió porque debió asustarse a sí mismo. Pero Omar entendió mejor que nunca a su hermano. Comprendió toda su amargura y como le había envidiado hasta enfermar. Veía muy difícil acabar con aquello. ¿Es que a nadie en el pueblo se le ocurriría ir a buscarle allí? ¿Le habrían olvidado? ¿No se daban cuenta de que los necesitaba? Su desesperación comenzaba a ser insoportable. ¿Qué había ocurrido con su afortunada existencia? ¿Por qué no le dejaban ser feliz? ¿Por qué no podía irse de allí?

Esa noche soñó con un mar de libertad, de arenas muy claras, iluminadas por el sol; sin peces salvajes ni asesinos, y cuyas aguas, lejos de hostigarle, le mecían y bañaban. También soñó con un niño indefenso; un niño sin padres cerca, lejos de su hogar; necesitado de afecto y al que él quería proteger y ayudar para que no se desnortara. Y así vivía  cuando soñaba.

Aquiles, en su delirio, imagina a su hermano cómplice de su extravío. Tan tranquilo y sosegado, tan manso. En su arrebato, de nuevo adjudica a su hermano sus propias emociones. Le supone contento por no tener que trabajar, por tener todos los días la comida a su hora, por tener alguien que le cuide.

Pero esa placidez aparente también desconcierta a Aquiles, cuya mente enferma necesita emociones fuertes.

En su afición por los experimentos decide una nueva jugarreta con la que confirmar su poderío y obliga a tragar a su hermano, con la comida del día, un buen puñado de sal. Omar enferma gravemente, se hincha, y Aquiles le cuida afectuosamente para que el mal remita.

Omar va mejorando lentamente aunque ya sabe que no debe demostrar mejoría absoluta pues eso es lo que no soporta Aquiles. Éste necesita sentirse imprescindible para su hermano. Eso se ha convertido en su razón de existir. Así que Omar, de nuevo sano, decide fingirse enfermo.

Los días van transcurriendo lentamente, Aquiles entretenido en sus interminables quehaceres y Omar tratando de encontrar la solución que ponga fin a tanta sinrazón, pero sintiéndose impotente ante la locura de su hermano. Sin embargo, debe intentar algo: el cuchillo de monte que Aquiles lleva siempre sujeto al cinto, eso es, se lo tiene que quitar cuando entre a la jaula.

Cuando llega el momento de esa ahora anhelada visita, Omar simula un dolor en su pie derecho, en el que previamente se ha provocado una herida que llame la atención de su hermano. Éste lo advierte enseguida y rápidamente acude con uno de sus bálsamos de hierba a vendar el miembro afecto. Así, el atareado enfermero, de espaldas a su prisionero, no repara en que la faca está  siendo extraída suavemente de su vaina.

Ya está. Ahora debe ocultar rápidamente la sustracción. No debe cometer ningún error. No se puede equivocar. Su hermano puede advertirlo todo y rebuscar en la jaula. Ya pensará cual es el mejor momento, la mejor acción. Desliza el cuchillo por debajo de su precaria cama y simula un repentino sopor. Aquiles se va. Cuando el cautivo queda solo comienza a cavar un hoyo en el suelo de tierra endurecida y deposita allí el arma liberadora.

Cuando Aquiles regresa se pone a registrar por todos los rincones. Se asoma a la jaula. Observa el letargo del encadenado. No sospecha nada. Sigue buscando. Omar respira. Esperará la hora del alimento y tal vez intervenga entonces. Pero el guarda está  contrariado, no ha sabido custodiar una de sus queridas pertenencias y, con un antiguo gesto huraño, evita ponerse de espaldas a su hermano cada vez que entra a la gayola.

Omar toma una decisión. Cuando Aquiles se va a sus diarias faenas, hunde en el suelo verticalmente el cuchillo por el lado de la empuñadura, dejando la hoja fuera, hacia arriba, y espera así a su captor.

Cuando regresa su hermano, y aún sujeto por una cadena a los barrotes, le enseña el cuchillo. ¡Aquiles! ¡Mira! ¡Lucha conmigo! Aquiles, que, naturalmente, es un cobarde y, evidentemente, muy poco luchador, no da crédito. Por toda respuesta, y mientras le invade la ira del amo, cómo un sojuzgado me va a hacer esto a mí, comienza a hacer acopio de todo tipo de utensilios disuasorios: cuchillos, mazas, palos, porras, hasta una red. Pero no se siente seguro, ya hemos dicho que es un pusilánime que es esa condición que adquieren los que nunca han peleado por nada o los que siempre han estado en una situación de superioridad no ganada en buena lid sino conquistada con malas artes. De manera que coge su escopeta y apunta a Omar.

Dame el cuchillo, tíralo fuera. Dámelo o disparo.

Omar le mira. Está tranquilo. Se sienta al lado del cuchillo. ¡Entra a cogerlo! Eres un cobarde. Pero si estoy atado.

No tienes ninguna posibilidad de escapar de mí, será mejor que me lo des.

Omar apoya las manos en el suelo y se inclina sobre el cuchillo. Mira alternativamente al arma blanca y a Aquiles mientras inicia un pequeño movimiento ondulante de derecha a izquierda con sus hombros y su cabeza, el extremo del arma blanca señalando a su pecho. Y canta.

Aquiles ve tambalearse su poder. Ve a su hermano libre, sin miedo. Y cantando. Se acerca sin dejar de apuntar con el arma de fuego al rebelde.

Omar se mueve ahora arriba y abajo por encima del cuchillo. Cuando Aquiles está  más cerca, harto de vivir de rodillas se deja caer, lentamente, hasta que la hoja penetra en su corazón.

Aquiles no cree lo que está  viendo. Deja su carabina y va a buscar la llave de la jaula. Cuando entra, Omar yace desmayado en medio de un charco de sangre.

Le da cuidadosamente la vuelta, le mira, acaricia sus bucles dorados…

¿Por qué lo has hecho…? Omar… si yo te quería… Yo… te quería.

Gustave Moreau. La muerte de Safo, 1872-1875. Museo Gustave Moreau, Paris

The Death of Sapho (fragmento) Gustave Moreau

 FIN

KolordeCítara